Rita Levi-Montalcini:
tejido de una vida centenaria
por Valentina Ariza
Es una tarde silenciosa de finales de otoño de 1947. En el laboratorio de la Universidad de St. Louis, en el estado de Missouri, los ojos de Rita Levi-Montalcini se acercan al microscopio. Sin un programa definido, como siguiendo el surco de una ceremonia habitual, Rita se entrega al ejercicio de leer las secretas escrituras de las células. Afuera, la tierra se separa de sus últimas hojas, como en una lenta y confiada convalecencia hacia el invierno. Las largas jornadas de trabajo de la investigadora han traído pocos frutos, desde su llegada al campus y a la ciudad del Midwest. Pero sólo esporádicas excursiones en bote sobre las aguas fangosas del Mississippi la han distraído de su obstinada labor. Centenares de muestras de células embrionarias de pollo, impregnadas cuidadosamente en plata, han pasado el examen de sus inquietos ojos grises. Nada ha logrado doblegar la certera voluntad de sus gestos, que se suceden con el esmero de quien ha forjado, a lo largo de los años, el cordel seguro en donde ensartar, una tras otra, las cuentas de una vocación irrenunciable.
Ahora, a miles de kilómetros de su ciudad natal, Turín, los ojos de Rita se dirigen al microscopio con la misma intensidad con que lo hicieron, casi 20 años atrás, al sostener la mirada seria y penetrante de su padre, informado de su intención de inscribirse a la Facultad de Medicina, desafiando las convenciones que, para una joven de su tiempo, imponían el matrimonio y la vida familiar. Sus manos regresan sobre la delicada superficie de los vidrios con la misma obstinación que logró sobreponerse a la inicial desaprobación de su impetuoso profesor de anatomía, Giuseppe Levi, que, tras varios años de bruscas correcciones a sus tareas histológicas, se convertiría en cálida guía y entusiasta colaborador. Y el pulso que traza minúsculas incisiones no es distinto al que acompañó con firmeza su determinación de proseguir con sus investigaciones en neuroembriología, a pesar de la ascensión del fascismo, la rápida huida a Bruselas y Florencia, el estertor de las bombas. Cuando las leyes raciales, expedidas por Mussolini en 1938, le impidieron regresar a la Universidad, Rita improvisó un laboratorio en su casa. Dos microscopios, dos pequeños termóstatos, varias pinzas de relojero, algunas agujas transformadas en mini-bisturís y una caja de vidrio en donde realizar las operaciones fueron entonces todas sus herramientas de trabajo. Y mientras las sirenas de alarma desataban por las calles desiertas de Turín el grito irrefrenable de la amenaza de los bombarderos, Rita Levi marchaba por los campos colindantes, buscando entre los campesinos el generoso don de algún huevo fresco, para poder proseguir con sus experimentos. Sólo una “desesperada y en parte inconsciente voluntad de ignorar lo que acontecía, cuando la plena consciencia nos habría privado de la posibilidad de continuar a vivir” impulsó a Rita en su actividad, hasta que la fuga de la ciudad se hizo inminente. Quizás esta misma fuerza la guía de nuevo, ahora que los paisajes de las plaquetas del laboratorio de St. Louis repiten, casi invariablemente, los indescifrables callejones de un mismo laberinto. Por un momento, un breve suspiro interrumpe la observación. Entre una plaqueta y otra, veloces como destellos, los recuerdos de su experiencia como médica en un campo de prófugos de guerra cerca de Florencia, la impotencia frente a sus ojos implorantes, el paisaje desolador de su ciudad natal derruida. Y la frágil estela de la nave polaca Sobieski, mientras la conducía lentamente hasta aquí, bordando sobre el dorso borrascoso del Atlántico la promesa de una nueva vida.
Pocos han sido los hallazgos en estos meses de estudio, muchas las noches insomnes. Pero hoy, sobre la superficie circular del visor del microscopio, Rita admira, de pronto, la coloración perfecta de las muestras. Las células nerviosas de los embriones en su tercer día de incubación resaltan con su intenso color marrón y sus esbeltas extremidades sobre el fondo dorado del tejido medular de células satélites y células nerviosas aún no diferenciadas. Rita observa. Tiene la impresión de presenciar los movimientos de un gran campo de batalla: células que proceden en filas ordenadas, como ejecutando maniobras de ejércitos en movimiento; células que migran y sufren, retrayéndose y despojándose de su membrana nuclear; células afligidas por irremediables procesos degenerativos; células-cadáveres recogidas por los macrófagos. Un mapa de convulsiones y heridas que recuerda aquél que ha dejado la última gran guerra, aún tan vívida, tan cercana a la piel. En menos de una hora, Rita logra interpretar los procesos que presencia. Ha encontrado finalmente el hilo de Ariana para atravesar el laberinto: contrariamente a lo que hasta el momento ha afirmado la comunidad científica internacional, el sistema nervioso es plástico y dúctil, se adecúa a los estímulos ambientales, y no está rígidamente determinado por la constitución genética. Una misteriosa molécula puede provocar su expansión, o, siendo carente, su degeneración y alteración. Rita golpea a la puerta contigua del profesor Viktor Hamburger, a quien debe la invitación y estadía en la Universidad de St. Louis. Viktor abandona por unos minutos su índole cauta y calmada para compartir el entusiasmo de su emocionada colega. Una vez sola, de nuevo, en la quietud del laboratorio, Rita jura dedicar su vida al estudio del sistema nervioso, mientras escucha con gozo una cantata de Bach.
La reconstrucción rigurosa de los procesos observados verá la luz en un artículo redactado sólo un año más tarde. Rita bautizará la molécula que ha identificado con la sigla NGF, Nerve Growth Factor (Factor de Crecimiento Nervioso), y con sus plaquetas y algunos ratoncitos de laboratorio viajará a Rio de Janeiro, al Instituto biofísico del profesor Carlos Chagas, en donde podrá profundizar sus observaciones, a pocos metros de la Praia Vermelha, bajo la imponente silueta del Pão de Açúcar. De regreso a St. Louis, trabajará con un brillante joven bioquímico, Stanley Cohen, con el que constatará la presencia del NGF en el veneno de las serpientes, en las glándulas salivales de los ratones y en algunos tipos específicos de tumores. A la fulmínea intuición del otoño de 1947 se sucederán incesantes descubrimientos, sorpresas, dificultades. Rita regresará a Italia en la década de los años sesenta, y dividirá sus estudios entre St. Louis y Roma, en donde fundará, en 1962, el LIGB, Laboratrio Internacional de estudios en Genética y Biofísica, más tarde EBRI, European Brain Research Institute. En la vigilia de la Navidad de 1986, a los 77 años de edad, recibirá el Premio Nobel de Medicina, con las siguientes palabras por parte del jurado: “El descubrimiento del Nerve Growth Factor (NGF) a comienzos de los años cincuenta es un ejemplo fascinante de cómo un hábil investigador puede crear conceptos partiendo de un aparente caos”. Un año más tarde, la condecorada escribirá en su autobiografía: “En la investigación científica, ni el grado de inteligencia, ni la capacidad de ejecutar y llevar a cabo con exactitud las tareas emprendidas, son los factores esenciales para el éxito y la satisfacción personal. Ni una ni otra cuentan más que la total dedición y el cerrar los ojos frente a las dificultades: en tal modo podemos enfrentar problemas que otros, más críticos y más agudos, no enfrentarían”.
Será una vida centenaria, la suya, como la de los grandes árboles. Más larga que la de su madre, su gran amigo y profesor Giuseppe Levi, su hermana gemela Paola, pintora, y muchos otros amigos, parientes y colaboradores. Una vida con vigor, salud y plena lucidez, que le permitirá luchar por el derecho a la instrucción de las mujeres en todo el mundo y continuar asistiendo a las investigaciones que se llevarán a cabo en su Instituto, en Roma, aún en el año 2011, a los 102 años de edad. Una vida como un elogio a la voluntad. Como una carta de amor, en medio de los turbios espasmos del siglo XX, escrita con rigor, sin sentimentalismos ni regodeos, y dirigida a nuestra imperfecta, y aun así digna de la más alta estima, naturaleza humana. |