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La extinción es para siempre

¿Judío por hablar castellano?
por Edgardo Cozarinsky

Un atardecer de 1978, sentado ante una mesa de café en el puerto de Rodas, me distraje escuchando la conversación de dos mujeres sentadas detrás de mí. Por la voz las adiviné nada jóvenes, pero no esperaba encontrarme con las ancianas acicaladas y rijosas a quienes descubrí cuando finalmente me atreví a abordarlas.
-Disculpen, señoras. No pude evitar oír su conversación. Soy argentino, mi idioma es el castellano. Me llama la atención su acento. No logro ubicarlo.
¿De dónde es?
-Somos de Toledo –informó la que parecía más divertida con mi intrusión.
-¿De Toledo? He estado en Toledo y sin embargo no oí a nadie hablar como ustedes.
Entre risas, la otra mujer aclaró:
-Lo que pasa es que nos fuimos hace cuatrocientos años…
La frase hubiera perdido mucho de su gracia si las damas hubiesen sido más jóvenes…
Era la primera vez que oía hablar ladino, una lengua que conocía solamente como referencia literaria. Recordé más tarde que Menéndez Pidal, en los días crepusculares del imperio otomano, había encontrado en Salónica, en Esmirna y en Constantinopla, así como en el Magreb y en rincones dispersos de la América hispana, versiones perdidas en España de los romances más antiguos. Así fue como en mis lejanos años de estudiante de letras empecé a intuir la vanidad de toda noción de pureza (de lengua, de arte, de raza): gracias a los expulsados de España, había podido conservarse un tesoro cultural de la España anterior a 1492.

Fue precisamente en 1992, cuando España se aprestaba a celebrar con fastos deslumbrantes para la América hispana los quinientos años de su llegada al continente, que decidí visitar Salónica. La ciudad nunca había conocido un esplendor cosmopolita tan legendario como el de Alejandría o Constantinopla; tampoco el más dudoso, más bien novelesco del Tánger de la zona internacional; sin embargo, en el primer piso de la librería Molho pasé largas tardes gozando de la hospitalidad de sus dueños, estudiando libros y documentos sobre el pasado sefaradí de la ciudad. Con ellos no necesité hablar en mi francés adoptado ni en mi inglés de lector; hablé en mi español de argentino y ellos me hablaban en su castellano de sefaradíes. Curioso, pensé, que yo, bisnieto de ashkenazíes instalados en el campo argentino a finales del siglo XIX, lo que se dio en llamar los “gauchos judíos”, nieto de una generación de “integrados”, hijo de ateos ajenos a toda tradición siquiera gastronómica, circunciso para complacer a una abuela casi senil; yo, que nunca hice ese bar mitzvá que me interesaba tan poco como a mis padres, empezara a sentirme judío cuando entendí que mi idioma me vinculaba con una tradición que había desconocido.

Creo que fue en ese momento cuando entendí que diáspora no hay una sola. Que mi pequeña experiencia, casi indolora, de una diáspora argentina, en mi caso cultural más que política, me hizo sensible a la de un pueblo que había vivido otra diáspora, impuesta cinco siglos atrás por un estado triunfante, y que a través de esa sensibilidad recién adquirida empecé a entender la diáspora que yo había heredado, la de Europa del Este, que hasta ese momento me había dejado más bien indiferente. Empecé a leer a Joseph Roth, que muy pronto se convertiría en el fantasma asiduo de mis propios cuentos y novelas... Roth, que se sabía súbdito del Imperio Austro-Húngaro sin por ello dejar de reivindicar su condición de judío, así como yo me siento ante todo argentino… 

¿Por qué aquella indiferencia? Creo que, en primer lugar, porque en mi casa se hablaba solamente castellano. Cuando en una de mis visitas a la Argentina a partir de 1985 intenté averiguar cuándo se había perdido el ruso y el ídish entre mis antepasados sólo hallé el recuerdo de una tía ya anciana: le parecía que cuando visitaba de niña la chacra de la provincia de Entre Ríos donde se habían establecido mis antepasados había oído a algunos paisanos hablar en una lengua que no comprendía… 

Sí, el castellano, mi idioma, acaso sea el lazo mayor que tengo con una tradición judía.

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