Judíos y Turcos, una historia de amistad
por Michelle Bessudo Murtra
Hace unos días fui blanco de ataques por parte de un amigo de mi padre por hacer una invitación a un ciclo de conferencias que estoy dictando sobre las diferentes culturas que pasaron por Turquía, fruto de un año de investigación. Soy una fiel creyente que la cultura es universal y no tiene filiación política. Además pienso que estudiar la cultura de un país facilita el entendimiento entre las naciones, lleva la paz y fomenta la fraternidad y el respeto entre los pueblos. En particular dos pueblos como los nuestros, el judío y el turco, que han no solo convivido sino establecido fuertes lazos y nexos a lo largo de los siglos.
Como toda historia tiene un comienzo he decidido situar esta en el año 1492. Era un momento de gran esplendor para el Imperio Otomano que desde hacía poco estrenaba la antigua Constantinopla como capital. Corría el año 15 del reinado del sultán Beyazit II, “el Justo”, cuando este se enteró del Edicto de Granda, también llamado el Decreto de Alhambra, firmado el 31 de marzo de 1492, por medio del cual los Reyes Católicos, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla, expulsaban de sus respectivos reinos a todos los judíos y musulmanes que rechazaran la conversión, en pro de conseguir una cohesión cultural y religiosa. Al tener noticias del insólito edicto que ponía fin a siglos de intrigas en algunos casos fabricadas por antiguos judíos conversos al cristianismo, que interponían sus intereses personales a los de la comunidad, como es el caso del Obispo de Burgos Pablo de Santa María, nacido Solomon ha-Levi y quién previa su conversión se desempeñaba como Rabino de Burgos, con fabulosas y maquiavélicas historias de absurdos rituales, el sultán envía proclamaciones a lo largo de la Península Ibérica declarando que nos solo todos los judíos y musulmanes serían bienvenidos a su Imperio sino que serían considerados ciudadanos del mismo. El sabio sultán, consciente de las riquezas culturales y económicas que estos inmigrantes traerían a sus tierras, encomienda al almirante Kemal Reis la titánica labor de atracar en las costas andaluzas para recoger y transportarlos a su nuevo hogar. Bien conocida es la célebre frase de Beyazit II: “¿Os aventuráis llamar Fernando un sabio? ¡Quien ha arruinado su reino y enriquecido el mío!”
Entre los turcos que recibieron con brazos abiertos a la nueva población, so pena de fuertes castigos por parte del gobierno, cuyo principal interés era que los recién llegados se sintieran como en casa para que se dedicaran a sus labores, se encontraban los Romaniotes. Estos eran los descendientes de los primeros colonos judíos del norte del mediterráneo oriental, establecidos ahí tras la Diáspora. Se conocían a sí mismos como romaniotes, pues serían los herederos semitas de la Roma de Oriente, Basileía Romaíon, o el Imperio Bizantino, y hablaban un dialecto del griego llamado Yevanic. A ellos debemos precisamente la sinagoga Ahrid, joya de la arquitectura judeo-otomana, eventualmente usada en exclusivo por la comunidad sefardí. Esta era una población numerosa, conformaban el 10% de Constantinopla, que contaba con tradiciones y liturgia distintas a la sefardita, y que eventualmente quedaría casi en su totalidad amalgamada por la superioridad demográfica de los judíos hispánicos. Los sefardíes se establecieron en las principales y más cosmopolitas ciudades del Imperio como Salónica, cuya población sefardí superaba en número al resto de los vecinos, o Constantinopla donde sus números ascendían a los 30.000 creyentes quienes fundaron 44 sinagogas, casi todas en el barrio Galata, destacado por ser el lugar preferido por comerciantes internacionales como Venecianos y Genoveses. De hecho al transitar hoy en día por sus coloridas y bulliciosas callejuelas es casi imposible no evocar aquella vida próspera y feliz que tanto judíos como turcos compartieron bajo la protección del sultanato, y a la cual los sefardíes tanto contribuyeron.
El tiempo discurre pero siguiendo los pronósticos de Beyazit, la comunidad sefardí se establece y prospera, así como lo hace el Imperio. Como el resto de las comunidades no turcas, que incluía a armenios, griegos, macedonios, etc., los judíos estaban bajo la tutela de millets, pequeñas unidades de gobierno básico de las comunidades no musulmanas, autónomas y autogobernadas. Cada millet disponía de su propio sistema legal e impartía su propia justicia, ciñéndose en el caso de los judíos a la Halajá. Siendo única excepción a esta regla que se tuviera que dirimir una conflicto con un musulmán en cuyo caso aplicaría el kanun o ley civil turca o la sharíah, ley Coránica, según fuera el caso. Los millets estaban encargados de respetar y mantener su propia lengua, recolectar sus propios impuestos, así como establecer su propio sistema sanitario y educativo y hacían de intermediarios entre el sultanato y la comunidad. A lo largo de todo el período Otomano los judíos no solo disfrutaron de una vida privilegiada frente a otras comunidades no musulmanas, sino varios de sus miembros desempeñaron papeles protagónicos, como Josef Nasi quien fue elegido como Sanak-bey o gobernador, de Islas de Naxos, actual Grecia, cargo que anteriormente solo estaba destinado a musulmanes; Abraham de Castro, quien estaba al frente de la Casa de la Moneda de Alejandría, o Hekim Yakup Pasha, Ministro de Finanzas durante el reinado de Mehmet II. Como prueba del aprecio del sultanato hacía los judíos perduran las palabras del Sultan Abdulmecid a mediados del siglo XIX, en respuesta al “Libelo de la sangre” por el cual se acusaba a judíos de asesinar cristianos y utilizar su sangre para amasar matzot: “… no podemos permitir que la nación judía, cuya inocencia es evidente contra ese delito alegado contra ellos, esté preocupada y atormentada como consecuencia de acusaciones que no tienen la menor parte de fundación en verdad …”
Tras las caída del Imperio Otomano y la instauración de la República Turca en 1923 a manos del célebre Mustafá Kemal Atatürk, se acercaron aún más las poblaciones, borrándose las fronteras que las dividían. Es usual hoy en día encontrar familias mixtas donde prima el respeto por las creencias de sus integrantes. Tal es el caso de Guler Orgun (cuyo relato invito a todos a ver en http://www.centropastudent.org): sus padres de origen judío se convirtieron al Islam, ella a su vez, se convirtió al judaísmo por amor, y luego se casó con un musulmán. Estas historias se repiten a lo largo de Asia Menor, como la de Tuna, mi guía, una despampanante rubia llena de gracia, cuya madre era judía y padre musulmán, casada a su vez con un musulmán y cuyos hijos tuvieron la opción de escoger su religión, siendo su hija musulmana y su hijo judío.
Considero que uno de los rasgos notorios de la cordura es el poder identificar y aislar el verdadero enemigo, de lo contrario incurriríamos en una casería de brujas y sacrificaríamos a nuestros amigos en el intento. Me gustaría creer que los últimos acontecimientos son solo unos hechos aislados y no reflejan el sentir del pueblo turco. No debemos permitir que se rompan los lazos de respeto y fraternidad que han existido por más de cinco siglos y que ojalá prevalezcan por muchos más.
Para concluir, quiero citar las sabias palabras de un conocido filósofo americano: “Hace falta verdadera fortaleza para amar al Hombre. Y amarlo a pesar de todas las invitaciones para hacer lo contrario, de todas las provocaciones y de todas las razones por las que no deberíamos hacerlo.” |