Jaque-mate
por Nachum Schwartz -z”l
Cansado yo de este oficio de escribidor –que es como correr por tiempo completo sobre una montaña rusa-, decidí conseguir un trabajo estable y, por supuesto, pensé en mi amigo Chicho. Lo llamé y le dije:
-Chicho, me gustaría trabajar en…
Él me interrumpió:
-¡Por fin quieres trabajar! Bien, ya sabes que puedes hacerlo en mi barco pesquero o en mi fábrica de talco para bebés –ofreció.
-Es que mira, Chicho, solo ver el mar me da mareo…
-Entonces trabaja en mi fábrica de talco –insinuó.
-Tampoco podría hacerlo –repliqué-. Desde que yo era un bebito, los polvos me causaban tremenda alergia.
-¡Vaya! ¿Y en qué te gustaría trabajar?
-Bueno… Me encantaría hacerlo en un banco, en una aseguradora o en una corporación financiera.
-Ya veo… Déjame pensar un instante… Ah, qué suerte tienes. Esta noche, precisamente, me reuniré con mi amigo Plutarco en el club de ejecutivos Non Plus Ultra para jugar nuestra partida semanal de ajedrez. Plutarco es dueño de bancos, aseguradoras y corporaciones. Le hablaré de ti, y le diré, además, que eres primo mío. Ten la seguridad que con mi palanca pronto estarás trabajando en lo que quieres. Llámame mañana, ¿okey?
-Okey –repetí.
Al siguiente día llamé a Chicho.
-¿Cómo te fue anoche en tu partida de ajedrez con Plutarco? –le pregunté.
-Tengo una mala noticia que darte. Bueno… En realidad, y como verás, no es tan mala…
-¿Qué sucedió, Chicho? –pregunté nervioso.
-Resulta que jugamos la partida de ajedrez. ¡Y ríete! (yo lancé un débil ja-já). Gané a Plutarco de lo más facilito. Le hice un jaque-mate en seis movimientos. ¡Nada menos que en seis! ¡Ríete! (volví a lanzar otro débil ja-já).
-Te felicito, Chicho… -acerté a decir.
-No, no me felicites. Tú sabes que soy muy prudente. En vista del resultado de la partida, y la cara que puso Plutarco, pensé inteligentemente que ese no era el momento sicológico para hablarle de ti. ¿Comprendes?
-Comprendo, Chicho –acepté.
-Pero no te desanimes –continuó mi amigo-. La próxima semana le daré la revancha al asno de Plutarco. A lo mejor, será capaz de empatarme, jajajá, y entonces aprovecharé ese momento, si se presenta, para darte la palanqueada. No te puedes imaginar lo feliz que se pone Plutarco cuando a duras penas logra empatar conmigo.
-Bien, Chicho, hasta la semana que viene.
Pasados los siete días con sus respectivas noches, llamé nuevamente a Chicho:
-¿Cómo te fue con Plutarco? –pregunté.
-Tengo otra mala noticia que darte –me contestó con voz grave-. Esta vez sí que es mala de verdad… -agregó.
-Dime, Chicho, dime, ¿qué sucedió? –supliqué con desazón que iba penetrando en lo más profundo de mi ser.
-Pues verás: Anoche hicimos la partida de revancha. ¿Y sabes qué sucedió?
-Apenas me lo digas, lo sabré…
-¡El condenado de Plutarco me ganó! ¡Lo hizo en tres movimientos! –gritó Chicho con desgarradora voz-. No sé cómo te lo estoy contando. Siento una vergüenza que me está matando… En solo tres movimientos… -terminó quejumbroso.
-Rapidita la cosa… -se me ocurrió comentar.
-Más rápido es imposible. Hay que ser muy bruto para dejarse ganar de ese modo –explicó Chicho ya anegado en llanto.
-¿Y? –pregunté con timidez.
-Al finalizar la malhadada partida, y a pesar de mi intenso dolor, me dije para mis adentros: “Chicho, ánimo, al fin y al cabo no hay mal que por bien no venga”. Es que pensé en tí y en medio de las horribles carcajadas que Plutarco lanzaba sobre mi propia cara, te hice la palanqueada…
-Imagino que hay que ser muy fuerte para hacer lo que hiciste…
-¡Ni lo dudes! Hay que ser un titán. Pero lo hice…
-¡Bravo, Chicho! –exclamé.
-No lances bravos.
-¿Por qué?
-Plutarco suspendió por breve instante sus carcajadas, y me dijo: “Tienes coraje, Chicho. Después de perder en forma tan miserable esta partida de ajedrez, ¿todavía te atreves a solicitar empleo para un primo tuyo? Si tú eres así, ya me imagino lo requetebruto que debe ser ese carajo”. Y continuó lanzando las horripilantes carcajadas…
¡Jaque-mate! |