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La extinción es para siempre

Rubén Gutman,
freudiano contemporáneo

por Monique Savdié

Recordar, resignificar, reconstruir, sanar, restaurar, son todos términos asociados con aquello que para Rubén Gutman es el ejercicio de su profesión, el psicoanálisis. Rodeado de un ambiente sobrio y acogedor, custodiado por esculturas de madera tallada, tapices, antigüedades y piezas de museo, ejerce su propio arte, el de acompañar a seres humanos a emprender el camino del autodescubrimiento. Dueño de un humor fino y de una mirada cálida y penetrante, Rubén nos lleva con sus palabras por el fascinante mundo del psicoanálisis, y de sí mismo.

Me cuentan de una calavera de vaca que tenías como decoración en tu alcoba de la Casa Hillel… (*)
Cuando era estudiante y tenía mucho trabajo, me iba a pie hasta el aeropuerto atravesando potreros. En una de esas travesías, que podía tomar unas dos horas, me topé con un cráneo de vaca y lo transformé en un objeto decorativo. Caminando mejoraba mis ideas, transpiraba pensamientos. En el aeropuerto me sentaba a leer en las sillas abullonadas de ese entonces y estudiaba rodeado del movimiento de la gente, la bulla, los altavoces. Ese ambiente de viajes me atraía y lo sigo disfrutando. Siempre he tenido un espíritu viajero. Los aeropuertos y los hoteles me llenan de entusiasmo.
(*) Alojamiento de universitarios judíos de provincia en Bogotá en los 70’s.

¿Consideras el psicoanálisis como un viaje?
Podría decirse que sí, es una buena analogía. El psicoanálisis es un viaje hacia el mundo interno, pero no de turismo. Habría que diferenciar entre un turista y un viajero. El turista es alguien que queda conforme con “tomar la foto del oso panda, hacer pipí y volver al bus” –dice Rubén recordando un viaje a la China hace muchos años-. El viajero, por el contrario, se toma su tiempo para entrar en un mundo diferente, compenetrarse con lo extraño, sentir y vivir la experiencia. Esta última actitud, la del viajero, es más cercana al enfoque psicoanalítico.

¿Cómo es ese viaje en el psicoanálisis?
Es un proceso lento y por consiguiente largo, en el cual el psicoanalista sirve de apoyo y compañía al paciente. Ayudamos con el equipaje, cargamos las maletas. Es un viaje a lo profundo y a lo familiarmente desconocido que está lleno de cuestionamientos, aventuras e imprevistos. Este tipo de terapia es una experiencia más que se agrega a las otras experiencias de la vida.

Freud asimilaba el psicoanálisis a un juego de ajedrez donde se puede ver el primer movimiento y saber cuál será la última jugada, pero lo que pueda suceder en el intermedio es impredecible. El psicoanálisis es un recorrido donde se destapan recuerdos, se elaboran dolores y se resignifican personajes del pasado, y por consiguiente ciertas vivencias.

¿Hacia dónde se dirige, en qué dirección?
Se avanza en un horizonte que cada vez se encuentra más lejos, pero se da una marcada diferencia entre quedarse en un punto fijo o avanzar cada vez más. En este sentido, el psicoanálisis sería interminable. Se trabaja en el presente para que en el futuro haya un mejor pasado.

¿Cuáles serían los logros más importantes?
Que el analizando, el paciente, aprenda a no hacerse daño. En muchos casos, ello es una adquisición. Un psicoanálisis consiste en desmantelar el sufrimiento neurótico. Pero como estamos condenados a vivir con otros seres humanos, siempre habrá fuentes de dolor: duelos, decepciones, traiciones, impotencia ante las enfermedades, ausencias... A otro nivel, también los desastres naturales, las guerras o el simple hecho de envejecer, nos ocasionan sufrimiento.

¿Cuánto puede durar una experiencia psicoanalítica?
Depende. Es un trabajo lento, no un abordaje intrusivo. Entrar en las vivencias y en la historia de un ser humano toma tiempo. Cada cual va tan lejos como se lo permite, y llega hasta donde se sienta satisfecho con lo adquirido. Procesar y elaborar requiere tiempo.
El proceso debe entenderse en su doble acepción. En el sentido de una secuencia de eslabones que se encadenan unos a otros, y en el sentido jurídico, porque el paciente desde el diván es al mismo tiempo fiscal, juez, testigo y jurado que pasa al banquillo a seres significativos de su propia historia: padres, hermanos, parientes, maestros, e incluso ideologías y a veces hasta el mismo Di-s.

Freud decía que la religión es una neurosis colectiva y la neurosis es una religión individual…
Freud había observado que los ritos religiosos en colectivo tienen similitud con los ritos individuales del neurótico. El psicoanalista va a ver cuál es la religión privada del analizando: lo que cree, lo que no cree, las culpas, la vergüenza, el castigo, la expiación. Cada persona termina teniendo una religión privada con ritos propios que solo tienen sentido para ella. La tarea del psicoanalista es desenmarañar la conflictiva de cada cual, los significados idiosincráticos.

¿Qué tan doloroso puede ser explorarse a sí mismo?
El dolor de por sí es el tema central. Quienes vienen al psicoanálisis sienten que algo se les está saliendo de las manos y que no pueden manejarlo solos. Los recuerdos pueden ejercer una acción patógena, enfermar. Por eso hay que recuperar, llenar las lagunas de memoria ya que al recordar podemos comenzar a elaborar. El dolor que hasta cierto momento pudo paralizarnos se puede transformar en combustible para salir adelante. Es una especie de metamorfosis.
El humor también ayuda a enfrentar la realidad y a vivirla. Cuando se convive con el dolor, un buen recurso es el humor. Para dar un ejemplo, los ashkenasitas (judíos de procedencia europea central y oriental, y rusa) pueden ser buenos exponentes de este postulado, pues al verse inmersos en pogroms y persecuciones, recurrían al humor para tratar de sobrevivir, de hacer más fácil el momento. En otro contexto, incluso Aristóteles decía que un buen escritor de tragedia debería ser capaz de escribir comedia. Las dos caras de la misma moneda.

Se comenta del buen humor de Sigmund Freud…
A mi entender, ese era otro aspecto muy evidente en Freud. Combinación entre chiste y acidez. Cuando logró obtener un salvoconducto para abandonar Austria en 1938, las autoridades alemanas, para permitirle salir del país, le pidieron que firmara una certificación en la cual aclaraba que había sido bien tratado. Al final del documento, Freud añadió: “A todo el mundo le recomiendo la Gestapo”.

También tú tienes tu humor fino, Rubén.
Pienso que en eso también soy muy judío. Ser judío es el mejor regalo que me ha ofrecido la vida. Aunque rezar no es mi tema, el ambiente de las sinagogas me despierta un sentimiento de pertenencia, me siento entre parientes.

Pienso que mi manera de enfocar la realidad es muy judía. Mientras no le haga daño al prójimo, mientras haga todo el esfuerzo por ser útil a los demás y ser cada día mejor persona, estoy siendo coherente con lo que considero es ser un buen judío. Sin embargo, nunca he sido partidario de dogmatismos, ni he necesitado tutores espirituales.

¿Encuentras alguna relación entre el psicoanálisis y el judaísmo?
Ambos están muy emparentados porque se trabaja la idea de que detrás de lo visible hay otras realidades que se pueden conocer, como en la tradición cabalista y/o talmudista, donde se trata de interpretar los textos y ver más allá de lo manifiesto. En la terapia se busca hacer consciente lo inconsciente a través de la interpretación. La tarea consiste en encontrar esos recuerdos y significados escondidos en el inconsciente para interpretarlos.

Por otro lado, me he interesado en explorar cómo confluyeron la tradición y la cultura judías a las que Freud perteneció con la educación que recibió en la Viena de su época, para llegar a construir el cuerpo psicoanalítico.

¿Cuál es la herramienta principal de tu trabajo?
Hablar. Poner en palabras las emociones, lo que nos preocupa. Es una manera de alcanzar un nivel más elaborado, donde se mentaliza lo que está en las tripas. Desde comienzos del psicoanálisis se hablaba de “talking cure”. Se trata de poner en palabras las heridas psíquicas, los traumas, las vivencias que desbordan la capacidad del yo de asimilar lo que se ha vivido. Así, las vivencias se hacen asequibles al intelecto, empiezan a elaborarse por el hecho mismo de que existe una relación entre lenguaje y pensamiento.
Un niño, con quien trabajé hace muchos años, captó la esencia de la terapia. Era un niño tremendo que se metió en líos en el colegio. En el momento en que iba a recibir el castigo, aclaró para atenuar la sanción: “Por favor tengan en cuenta que yo ya estoy yendo donde el doctor de pensar”.
Cuando se está abrumado por demasiados conflictos o cuando se es muy impulsivo, no se piensa bien. Precisamente lo que caracteriza la impulsividad es pasar a la acción sin que esté mediada por el pensamiento.

¿Cómo diferenciarías el trabajo con niños del trabajo con adultos?
El haber trabajado con niños me permite rastrear mejor las partes infantiles de los adultos. Trabajar con ellos, con los niños, exige mucha energía porque se expresan a través del juego, de los títeres, de los dibujos. Ahí es donde los niños dramatizan sus inquietudes. Exige estar alerta continuamente -que no se escapen del consultorio, que no me vayan a morder o a jalar el pelo, como ciertamente me ha ocurrido.
El trabajo con adultos, por otro lado, requiere una actitud más pensante, más cerebral. En términos técnicos se habla de atención flotante -en lo que respecta al analista. La consigna para el paciente es asociar libremente. Además de la información, el análisis moderno hace hincapié en la observación: gestos, expresiones corporales, tono de voz, uso del lenguaje, muletillas, diminutivos. Las palabras y gestos del paciente dan mucha información. El analista le refleja al paciente, a manera de espejo, lo que aquél le está mostrando. Ello ocurre a través de los señalamientos y de las interpretaciones.

¿Cuántos pacientes puedes tratar al mismo tiempo?
En vacaciones me quedo desempleado, pero en temporadas regulares veo unos seis pacientes al día. El análisis no es un trabajo en serie sino un trabajo artesanal, de dedicación personalizada, donde se escucha una historia personal y a la vez se analiza el funcionamiento mental.

¿Te has psicoanalizado alguna vez?
Por supuesto. Parte de la formación analítica requiere de un análisis personal que toma muchos años (el análisis didáctico). Allí se experimenta en carne propia cómo funciona nuestro inconsciente personal. Ello, a su vez, ayuda más adelante a captar el inconsciente de los pacientes.

¿Cuándo se termina un psicoanálisis?
En sentido estricto nunca terminaría. Alguna vez leí que habría tres formas de acabar un psicoanálisis: quedarse toda la vida, fugarse o volverse psicoanalista. Yo opté por esta última. Sin embargo, como analista tengo que monitorearme permanentemente, debo estar atento a percibir qué me produce cada sesión, ver mis emociones internas. Eso se conoce como contra-transferencia.

Estás rodeado de arte. ¿Ves alguna relación entre arte y psicoanálisis?
Freud, retomando las ideas de Leonardo Da Vinci, explica que la pintura es “per via di porre”, agregando. En un lienzo o superficie blanca donde no hay nada, se agrega color y textura y aparece una figura estética. La escultura, por el contrario, sería “per via di levare”, quitando: se parte del bloque de madera o mármol y el escultor quita los excesos hasta que aparece la forma estética escondida en esa materia. Freud insistía en que el psicoanálisis debía ser per via di levare, pues de lo contrario sería educar, adoctrinar. Sin embargo, a veces el paciente llega en tan mal estado que el trabajo ya no puede ser per via di levare pues ya no se trata de esculpir sino de restaurar, o sea, volver a poner en su sitio y, además, hacer que todo funcione de nuevo.

¿Por último, sigues caminando?
En Bogotá es imposible. Si sales en un día soleado, te puede dar cáncer de piel; si llueve, no se puede salir y si sales de noche, te atracan.

Con esta apreciación final, salomón se despide de Rubén Gutman dejándolo en su apartamento-museo (el “Rubenheim”, como dicen sus amigos), su consultorio y lugar de estudio, rodeado de experiencias de viajes, anécdotas, vivencias, y años de trabajo con pacientes, su mayor satisfacción.

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