El humor judío de Eliahu Toker
por Inés Grimland

Nuestra amiga Inés Grimland nos ha autorizado reproducir la siguiente entrevista con el célebre humorista argentino Eliahu Toker que aparece en su recién publicado libro Conversaciones con gente de palabra, y que reúne entrevistas hechas por ella a importantes escritores.
Inés es naturalizada argentina (nació en Ucrania), licenciada en sociología, psicóloga social, narradora oral, actriz, guionista y docente. Ha sido invitada a importantes festivales internacionales de narración oral y teatro.

“La risa es salud”, dice un conocido refrán y, como toda la sabiduría popular, encierra una gran verdad. Si además de reírnos de las cosas graciosas aprendemos a hacerlo de nuestras desgracias y aflicciones, tenemos muchas más posibilidades de vivir una vida plena y agradable y, desde ya, mucho más saludable. La ciencia reconoce que la risa ejerce un efecto positivo sobre el organismo: reduce el estrés, relaja la tensión muscular, disminuye la presión arterial, modera el dolor y estimula el sistema inmunológico. Mediante el humor, podemos expresar, a veces en pocas palabras o mediante una imagen, lo que resultaría casi imposible sintetizar de otra manera. Me llamó la atención el título de un libro de reciente publicación –“Odiar es pertenecer”-, escrito por Rudy y Eliahu Toker, ambos de amplia trayectoria en el medio cultural argentino. Como subtítulo, dice: “para sobrevivir al nazismo, racismo, autoritarismo y antisemitismo”. Pavada de cosa, y desde el humor… Así que después de leerlome contacté con Eliahu Toker y acá les cuento parte de nuestra charla.

Eliahu Toker: Yo me dedico desde hace unos años a una forma particular de humor que es el humor judío, pero lo hago desde una perspectiva ideológica que tiene que ver no sólo con el humor judío sino con el humor en general. Yo pienso que un humor agresivo no es humor sino agresión. El famoso humor argentino acerca de los gallegos, como el de Estados Unidos sobre los polacos, y el humor que se puede hacer acerca de deficiencias físicas, no es algo que a mí me interese. Me interesa el humor a través del cual se puede percibir la forma de ser de las personas, de un pueblo, de una comunidad.

Inés Grimland: Hace muchos años que estás trabajando con esta temática: tu primer libro publicado cumplió quince años de vida saludable…
Eliahu Toker: Sí, junto a Patricia Finzi y Moayr Sinclair concretamos esa idea. El libro se llama “Humor Judío, del Edén al diván”. Se trata de un humor que no es ni autodenigratorio ni prejuicioso; es un humor que muestra al hombre desde su propia integridad, desde su forma de pensar, desde su particularidad.

Y desde su propio sufrimiento, si puede decirse así.
Es cierto. Yo creo que el humor surge especialmente en situaciones de angustia, de dolor; no responde, en general, a momentos de alegría, de exaltación. En algunos casos puede ser, pero, en general, el humor más profundo tiene que ver con situaciones traumáticas. Cuando la situación es tranquila, a la gente no se le ocurren cosas humorísticas; menos todavía con el humor político: ése que tiene que ver con los límites del hombre, con lo profundo.

O sea, que es al revés de lo que cree la mayoría.
Estamos hablando de un humor que se ríe de uno mismo, que es una de las características del humor judío; de ese que no se ríe del otro sino que lo incluye y lo hace participar. El humor es una suerte de diálogo, guiño del ojo, picardía, complicidad con el que escucha, ve o lee.

En tu libro nos hablas del humor en situaciones límite. ¿Me cuentas un poco tu punto de vista?
Todo eso surgió a partir de un trabajo anterior que yo había hecho acerca del humor en los guetos (lugares en los que se confinaba a judíos y otras minorías) y en los campos de concentración, durante la Segunda Guerra Mundial. Y en esos lugares, llamativa y extrañamente, en esas situaciones en las que uno no puede imaginarse el humor, en esas situaciones extremas, se ha creado mucho humor, igual que como se han creado muchas otras formas de resistencia espiritual, como la poesía, la música, el teatro. Una forma extraña y sublime, por provenir de la misma gente que estaba en esa situación, en la que se reían de sí mismos y de ese enemigo tan poderoso que parecía imposible de vencer. Decían, por ejemplo: “El enemigo tiene la última bala, pero nosotros la última palabra”. Había una expresión que se solía decir, que me parece muy significativa: “Donde termina el humor, empieza el campo de concentración”. Y si eso es cierto en cualquier parte, era mucho más cierto en el campo de concentración mismo donde el humor, digamos, el humor negro hacía un poco más llevadera la situación. “Lajn mit iajcherkes”, significa reírse con lagartos, una risa amarga, pero risa al fin.
Me pareció muy importante traer el testimonio de aquellas personas, de esas víctimas que, a pesar de todo, querían reír, no reírse desde afuera porque eso sería terriblemente injusto e inhumano, sino desde adentro y de sí mismos.

Para mucha gente es impensable poder reír en situaciones límite, algo imposible.
No sólo puede ser sino que existió. Hay un libro, “Laughter in Hell”, “Riendo en el Infierno”, de Steve Lipman, que trata ese tema y además muchos testimonios que yo mismo recogí. No es nada inventado.
Lo que pasa es que mucha gente no toma en cuenta que el proceso del nazismo fue largo: los judíos vivieron muchos años en campos de concentración y en guetos. El de Lodz duró más de cuatro años y el de Varsovia, tres. A lo largo de tanto tiempo, sucedieron muchas cosas y hubo creatividad de todo tipo y, dentro de eso, también humor.

En “Odiar es pertenecer”, hablan del humor en diferentes tipos de dictaduras.
El humor es una forma de luchar contra la dictadura, contra la opresión. En muchos casos, es un humor de boca a oído, es decir que no se puede publicar ni decir en voz alta. Mucha gente perdió la vida por un chiste o una historia humorística, por no haberlo dicho a la persona adecuada. Se trata de un humor como forma de defensa contra regímenes totalitarios.

En Argentina sabemos de eso: varias publicaciones funcionaron en épocas difíciles, por ejemplo la revista Humor, durante la dictadura.
Es cierto, pero esa publicación no tenía demasiado humor acerca de la dictadura, porque si no, no hubiera podido funcionar.

O sea, reír ayuda a mejorar la calidad de vida…
El humor es una suerte de oxígeno en algunas situaciones en que falta el aire y sin duda ayuda a vivir, especialmente cuando se puede relativizar al que tenemos enfrente, en el caso de las dictaduras; en una olla a presión, sería el lugar por donde escapa la presión, y en la vida normal, también alivia.

Menos mal: humor ante todo, aunque sea una vida tranquila…
Sí, pero uno se ríe de cosas que están mal. Si están bien, ¿de qué te vas a reír? Cuando estalla el conflicto, uno le encuentra la vuelta de tuerca a través del humor, pero si todo está bien…

En el amor, ¿también hay humor?
Por supuesto, para mantener el amor hay que tener mucho sentido del humor. No me imagino viviendo con alguien que no lo tuviera. Conozco gente que no tiene sentido del humor y es insoportable.

Mirarse a uno mismo y al otro con humor es indispensable; hablamos del humor afectuoso que mencionabas al principio, no el agresivo.
Sí, poder usar ese instrumento es liberador. Si hay algo que no se soporta es la solemnidad, no animarse a arrugar el rostro con una sonrisa.

Inés Grimland: Señoras y Señores, he llegado a la conclusión de que el humor es una cosa seria. También creo que es una forma de vida. Aprender a reírnos de nosotros mismos es lo mejor que podemos hacer para vivir en este mundo tan loco que nos toca vivir. Quisiera terminar este reportaje con una canción que fue creada en el gueto de Vilna, en los años de la Segunda Guerra Mundial y por una de esas personas que a lo único que podían aspirar era a un día más de vida. Vaya esto como homenaje a todos esos seres que le hicieron honor a la vida y lucharon hasta el último aliento, con una sonrisa en los labios:

La risa judía / encierra mucha tristeza, / pero cuando llorar ya no ayuda, / uno se ríe a boca llena. / Aunque el corazón dolorido llore, / el rostro nublado conserva su mueca / y nos reímos, reímos, / mientras no cambie nuestra estrella.
Lo sabe el enemigo, / lo sabe todo el mundo, / que las penas soportables / se disipan como el humo. / Aunque sobre el cuello ya tengamos el cuchillo, / el triunfo final es para el justo. / Riámonos, entonces, riamos, / mientras tengamos aliento; / aunque lo sintamos arder / ahoguemos el dolor dentro de nosotros; / que a lo lejos resuene nuestra risa / mientras aguardamos el tiempo / en que podamos reírnos de veras / desde el fondo mismo del pecho. (Rikle Gezer, “Der ídisher gueléjter” –“La risa judía”)

 
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